Y finalmente Bantastic Fand lo consiguió…
Cazorla era un sueño y el pasado 12 de julio lo dimos por cumplido.
La plaza de Santa María a rebosar, más de 2.000 personas. La mitad coreando las canciones. La otra mitad, bailando.

Bacanal de refriegas refrescantes con pistolas de agua. Un bochorno con cielo encapotado que te empuja al éxtasis. Pueblo maravilloso, gente maravillosa, hospedaje maravilloso, piscina maravillosa. Habíamos estado un par de horas en el camerino conversando con el bluesman estadounidense Boo Boo Davis y ese encuentro ayudó mucho a calentar motores.

Poca broma, Boo Boo Davis. Nacido y criado en el corazón del Delta del Misisipi, de los pocos bluesmen que quedan vivos de los que de niños recogieron algodón. 75 años de blues sobre su espalda doblada.
Quizá por eso el guardia de seguridad se negaba tajantemente a dejarlo pasar al camerino, por mucho que el músico le suplicara por sus imperiosas necesidades evacuatorias. Aguantó como pudo hasta que alguien de la organización acudió para resolver el entuerto.
Una escena sintomática, pues los festivales tienden a perder la brújula cuando olvidan que son los músicos la base del tinglado.

Pero es verdad eso que dicen, que Cazorla funciona solo, y fue así como llegó la primera epifanía. Ahí estaba Boo Boo Davis, con andar renqueante y rostro sobrecogido, merodeando por las bellas ruinas de la iglesia de Santa María, construcción iniciada en 1603.

Ancient footprints are everywhere. Boo Boo Davis bajo la piedra, el cielo, la montaña y una ristra de balcones blancos con geranios rojos asomados al horizonte. La escena resume por sí sola los 25 años del Blues Cazorla y unos cuantos siglos de humanidad.

El camerino era una habitación umbría dentro del recinto monumental de la iglesia. Protegidos del bochorno exterior por muros centenarios. Fresquitos sin aire acondicionado. Nadie sabe muy bien por qué dejamos de usar ese sistema de refrigeración. Estuvimos allí muy a gusto, esperamos nuestro turno. Disponíamos de un arcón lleno de agua y cerveza fría a compartir con el bluesman y sus dos músicos holandeses. Salimos a tocar bien hidratados y eso se notó.

Tras 50 minutos escasos pero muy intensos, bajamos la escalinata y de nuevo Boo Boo nos esperaba. “What a band!”, dijo con el pulgar levantado. Murmuró algo más que no entendimos bien: “No sé qué… my family”.

Tal vez, puestos a completar el sueño, la familia bantástica y sus lazos de sangre le recordaron los tiempos en los que tocaba con su padre y hermanos en el grupo Lard Can Band (La Banda del Bote de Manteca). Él entonces tenía 18 años y fue el culpable involuntario del nombre del grupo, pues a falta de dinero para una batería, fue forzado a aporrear un tarro de grasa.

Con esa formación –su padre, el multi-instrumentista Sylvester Sr., su hermano menor Sylvester Jr a la guitarra, y su hermana Clara como vocalista–, llegaron a girar con B. B. King. También a compartir escenario, y a veces incluso colchón, con Elmore James, Chuck Berry, Charley Patton, Albert King, Ike Turner o John Lee Hooker. La madre no tocaba, pero ella fue quien llevó a Boo Boo a la iglesia: con 5 años cantaba y tocaba la armónica en el coro góspel de Drew, muy cerca de Clarksdale, muy cerca de Tupelo, muy cerca de Menphis, muy cerca de Nashville y Nueva Orleans.

En el corazón de la música norteamericana. Así que, por favor, dejen pasar siempre a este señor. Y denle una pulsera para que pueda entrar sin problemas a cualquier concierto de cualquier festival del mundo.

Conocer por fin en persona a nuestra queridísima Esther, nuestra manager y amiga, a su marido, y a su precioso hijo Pablo, fue la segunda epifanía bantástica del festival.
Hay gente con la que te entiendes con solo verle la sonrisa. Lástima que no hubiera habido más tiempo, pero sabemos seguro que pronto lo habrá.

¡Larga vida a Cazorla y a Dharana Manager!

Nacho Para

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